Cuadernos Cobóticos #2: Cuando LinkedIn era un sobre manila
De las prácticas sin sueldo a la inteligencia artificial: apuntes de una generación puente.
CUADERNOS COBÓTICOS
8/28/20266 min leer


Hubo una época en que conseguir una práctica profesional se sentía casi como ganar un premio.
Crecí profesionalmente en el Perú de los noventa. El país acababa de atravesar uno de los períodos económicos más duros de su historia contemporánea y comenzaba una transformación radical. La hiperinflación se fue controlando, se implementaron reformas económicas, privatizaciones, una apertura mayor al comercio y a la inversión, y en 1991 hizo su aparición el nuevo sol. El Perú intentaba reconstruir su economía mientras buena parte de Latinoamérica emprendía su propia transición hacia mercados más abiertos.
Las cifras macroeconómicas empezaban a mejorar lentamente, pero eso no significaba que encontrar trabajo fuera una tarea sencilla. A comienzos de aquella década, el subempleo en el país continuaba siendo enorme y gran parte del crecimiento del empleo se producía en el sector informal.
Para quienes éramos universitarios o recién egresados, aquello tenía una traducción bastante menos sofisticada: había que buscarse la vida.
Y buscar trabajo era, literalmente, salir a buscarlo.
No existía LinkedIn. No había alertas de empleo llegando al celular. Tampoco podías consultar Glassdoor para averiguar cuánto pagaba una empresa, conocer la opinión de sus empleados o investigar a tu futuro jefe antes de acudir a una entrevista.
El algoritmo de empleabilidad más avanzado de esos años era, probablemente, un tío que conocía a alguien que conocía a alguien.
Los domingos se revisaban minuciosamente los avisos clasificados del periódico. Se preparaba el currículum con bastante más ceremonia de la que hoy requiere un PDF. Se imprimían varias copias, se ponían dentro de sobres manila o folders, y muchas veces había que entregarlos físicamente en una oficina, una fábrica o una recepción donde alguien prometía:
—“Nosotros te llamamos”.
Ahí se activaba otra tecnología maravillosa de los noventa: esperar al lado del teléfono fijo.
Cuando el teléfono sonaba, la casa entera sabía que podía tratarse de “la llamada”. No existía el doble check azul ni el “visto”. No había un recruiter escribiéndote por mensaje privado mientras estabas en el gimnasio. Si no te encontraban en casa, alguien anotaba un nombre y un número en un trozo de papel.
El papel era nuestro CRM.
Muchas veces, acceder a esa primera oportunidad significaba aceptar una práctica por una remuneración mínima o, en ocasiones, sin sueldo. Y no porque nuestra generación tuviera una devoción extraña por trabajar gratis: teníamos hambre de futuro. Queríamos entrar, aprender, demostrar lo que éramos capaces de hacer y sumar una línea nueva en un currículum todavía demasiado breve. Esperábamos que algún supervisor o gerente nos mirara al cabo de unos meses y pensara:
—“A este chico hay que darle una oportunidad”.
No pretendo romantizarlo. Trabajar sin recibir una compensación justa no es una tradición que deba preservarse como una prueba iniciática de carácter. Existían empresas que realmente formaban a sus practicantes y otras que simplemente aprovechaban una oferta masiva de jóvenes ansiosos por integrarse al mercado laboral. Pero ese era el contexto, y uno se adaptaba.
Mientras cargábamos nuestros CV impresos, el mundo comenzaba a conectarse de una manera totalmente distinta. América Latina abría sus mercados y se sumaba al comercio internacional. El Mercosur nacía en 1991, el TLCAN (NAFTA) entraba en vigor en 1994 y la Organización Mundial del Comercio se fundaba en 1995. La palabra globalización irrumpía con fuerza en las aulas universitarias y en los directorios corporativos.
Al mismo tiempo ocurría algo determinante: aparecía Internet.
En 1995 Microsoft lanzaba Windows 95. Amazon apenas nacía y Google aún no existía. Los módems emitían aquellos característicos sonidos chillones antes de conectar y el fax continuaba siendo alta tecnología corporativa. Sin saberlo, asistíamos al inicio de una revolución que transformaría el trabajo para siempre.
Treinta años después, observo a alguien que egresa hoy de la universidad y el contraste resulta fascinante.
Puede mapear cientos de empresas desde su smartphone. Puede conversar con profesionales en Singapur, México, São Paulo o Nueva York. Puede aprender a programar en YouTube, tomar un curso del MIT desde su casa, estructurar una presentación con inteligencia artificial, procesar datos en segundos y enviar su currículum a diez países antes del desayuno. Incluso puede pedirle a una IA que lo prepare para una entrevista y hacer un role play con ella minutos después.
Sin embargo, sería un profundo error mirar a esta generación y concluir:
—“La tienen más fácil”.
No necesariamente. Tienen más herramientas, pero también enfrentan una velocidad de cambio que nuestra generación jamás experimentó al inicio de sus carreras.
Nosotros temíamos no conseguir ese primer empleo. Ellos se preguntan si el trabajo para el que se forman existirá dentro de cinco años. Nosotros aprendíamos una profesión esperando ejercerla durante décadas; ellos tendrán que reconvertirse profesionalmente varias veces en su vida. Nosotros competíamos contra otros candidatos; ellos empiezan a trabajar —y en algunos casos a competir— con algoritmos capaces de redactar, programar, traducir y tomar decisiones operativas en segundos.
La incertidumbre no desapareció: solo cambió de forma.
Ahí es donde nuestra generación asume una responsabilidad particular. Somos una especie de bisagra: fuimos al colegio sin Internet, redactamos trabajos en máquina de escribir, usamos teléfonos de disco y luego vimos llegar los primeros celulares analógicos con forma de ladrillo. Transitamos por el fax, el correo electrónico, Internet, Google, el smartphone, las redes sociales, la nube y ahora la inteligencia artificial generativa.
Pasamos de plantas donde los reportes de producción se anotaban a mano a debatir sobre digital twins, machine learning y agentes autónomos. Transitamos del sobre manila al copiloto digital.
Somos una generación puente. Y un puente no existe para demostrar que una orilla es superior a la otra: existe para unirlas.
Por eso, cuando observo a profesionales jóvenes con expectativas distintas a las nuestras, no me preocupa que no quieran replicar nuestra historia; me parece saludable. Hoy se debate sobre employee experience, propósito, flexibilidad, inclusión, salud mental y equilibrio personal. Muchas de esas conversaciones ni siquiera existían cuando empezamos. Eso se llama progreso.
Sería absurdo desarrollar IA capaz de automatizar tareas repetitivas y luego pretender que los demás atraviesen procesos desgastantes solo porque a nosotros nos tocó vivirlos. No quiero que un joven tenga que trabajar gratis para demostrar su valor, ni que deba esperar años para que escuchen una buena idea solo porque carece de un cargo sénior. No debemos convertir nuestras cicatrices en requisitos de admisión; debemos procurar que ellos inicien su camino varios pasos más adelante. Para eso sirven las generaciones.
Tampoco creo que la experiencia acumulada haya quedado obsoleta. La tecnología aporta velocidad; la experiencia aporta contexto. La IA puede simular cincuenta escenarios, pero alguien debe determinar cuál de ellos merece ejecutarse. Puede construir un forecast impecable, pero se requiere criterio humano para identificar cuándo el mercado rompe la lógica del modelo. Puede sugerir reducir inventarios, pero alguien debe calcular qué nivel de riesgo se asume con ese ahorro. La IA redacta una estrategia en treinta segundos, pero no ha vivido veinte años entre decisiones difíciles, crisis, negociaciones, gestión de equipos y dinámicas culturales.
Ahí reside nuestra verdadera contribución. No en repetir el clásico:
—“Cuando yo tenía tu edad…”
Pocas frases desconectan a un joven con tanta rapidez. Nuestra función es otra: abrir las puertas que nos costó encontrar, compartir lo que aprendimos tarde, plantear las preguntas correctas, brindar contexto, permitir que se equivoquen sin lesionar su confianza y otorgarles responsabilidad antes de que crean estar listos. Nadie lo está del todo. Tampoco nosotros lo estábamos cuando alguien apostó por nosotros.
En este panorama, la inteligencia artificial trasciende la mera productividad: bien enfocada, funciona como un acelerador de talento. Puede liberar a un practicante de tareas operativas sin valor formativo para que dedique ese tiempo a analizar, crear, visitar una planta, conversar con clientes o resolver problemas junto a un mentor. Puede democratizar conocimientos que antes permanecían reservados para grandes corporaciones o consultoras internacionales. Permite que alguien en Lima, Bogotá o cualquier ciudad de la región acceda a capacidades que antes eran inaccesibles.
Esa es la verdadera revolución: no reducir headcount, sino permitir que el talento alcance más rápido aquello que lo hace insustituible:
· Curiosidad
· Criterio
· Creatividad
· Empatía
· Capacidad de aprendizaje y conexión multidisciplinaria
· Coraje para decidir cuando los datos no ofrecen certezas absolutas
Tras años liderando equipos y cadenas de suministro en distintos mercados, reafermo este compromiso con quienes empiezan. No porque tengamos todas las respuestas —probablemente ellos formularán soluciones que ya no alcanzamos a imaginar—, sino porque recordamos con claridad lo que se sentía estar al otro lado de la puerta esperando una oportunidad.
Alguien la abrió por nosotros; nos corresponde abrirla para otros.
La generación que viene dominará herramientas que apenas empezamos a descifrar. Nosotros podemos aportar el contrapeso: perspectiva, criterio y experiencia forjada en entornos que ya no existen. Si logramos articular ambas fuerzas —su velocidad con nuestra perspectiva, su innovación con nuestro bagaje, sus algoritmos con nuestras cicatrices— no solo formaremos mejores profesionales: construiremos mejores líderes.
A veces evoco a aquel joven de los noventa con su currículum impreso en la mano, esperando al lado del teléfono fijo. No querría devolverlo a esa época, pero sí me gustaría sentarlo a conversar unos minutos con un profesional de hoy. Tendrían muchísimo que enseñarse mutuamente.
De eso se trata, en el fondo, ser una generación puente.